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ÁLACE, Blog de la Asociación de Lengua, Arte, Cultura y Empresa

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Manifiesto del Día del Libro

28 de abril de 2010

Manifiesto: Tradicionalmente lo elabora un autor andaluz, pero este año ha sido redactado por el editor Jesús García Sánchez, de la editorial Visor, para conmemorar los 40 años de existencia de esta industria cultural, y sus 700 números editados en la colección de Poesía


 


Manifiesto del Día del Libro, por Jesús García Sánchez


 


 


Es difícil no tener amor a los libros, no sólo porque pueden ser nuestros mejores amigos, sino porque también son nuestros acompañantes continuos que nos ofrecen entretenimiento, nos enseñan a buscar la sabiduría, a provocar la inteligencia, además de ser el medio más apropiado para avanzar por el camino hacia la libertad y el entendimiento.


 


Amar los libros es signo de inteligencia y de sensibilidad, de buscar la educación, desarrollar la inteligencia y aumentar la cultura. Los libros son un verdadero muro que dificulta la equivocación, que lucha contra la indiferencia, que nos muestra nuestros errores, que esquiva la ignorancia y reaviva la memoria y el saber. Siempre nos habla en silencio, con prudencia pero nunca en soledad, dispuestos a evocarnos todas las emociones y recuerdos.


 


 


El libro calla hasta que el lector logra dialogar con él, entonces expone sus razones y ahora sí, exige colaboración, porque es la herramienta más útil para difundir el saber y la más eficaz. Como cualquier instrumento tiene sus reglas y sus defectos y hay que utilizarlo con prudencia; esencialmente son el vehículo más útil para contribuir al desarrollo de la cultura, a la salvación de los maestros clásicos, al incremento de la ética y del progreso.


 


 


Pero no podemos olvidarnos que también hay libros delincuentes que nos roban el tiempo, falsarios e hipócritas. Un único libro puede multiplicar los lectores y potenciar a otros muchos totalmente diferentes, de distintos países, de diferentes idiomas y de diversas culturas, y esa es otra de las particularidades maravillosas de este objeto, gracias al cual el saber personal se transforma en información colectiva y en conocimiento general. Leer es una referencia fiel y segura que garantiza el progreso y es un instrumento maravilloso para salvar y conservar la dignidad. Quien se vanaglorie de proteger la verdad, de buscar la felicidad propia y ajena, de transmitir la ciencia, de aumentar la sabiduría, encontrará en el libro el camino más seguro y casi exclusivo.




 


“Dar entrada a autoridades por muy togadas que sean en nuestras bibliotecas y dejar que nos digan cómo debemos leer, qué debemos leer, qué calor debemos de dar a lo que leemos, es destruir nuestro espíritu de libertad. En todas las demás esferas del vivir nos atan mediante leyes, etcétera, pero en la lectura no”, escribió Virginia Woolf; y es evidente que la lectura es un acto individual, libre y selectivo, y que el lector debe de ser consciente de lo que debe, puede y quiere leer, porque como lectura obligada o impuesta, como otras tantas cosas, puede ser perfectamente inútil.


 


El libro siempre está presente en nuestras vidas como algo tan familiar y cotidiano que por momentos dejamos de admirar el prodigio que representa y los grandes momentos que aportan a nuestra existencia. El libro puede ser nuestro amigo, nuestro compañero, pero también puede ser nuestro más falso amigo cuando se lee en exceso y no se asimila, cuando no se piensa lo necesario puede llegar a ser un instrumento adulterador de la propia vida, un falsificador de la existencia, un embaucador, pero no deja de ser un tramposo con el que colaboramos para que lo sea y le dejamos hasta el límite justo, porque aunque tiene facultades suficientes para manejar a su antojo nuestras conciencias, el usuario debe de saber hasta qué punto debe de llegar. Pueden los libros ser enemigos, pueden ser superfluos, pueden ser perniciosos y hasta para algunos inútiles, o al menos dudosos de que puedan ser útiles, pero siempre el libro es sinónimo de libertad.


 


Desde la invención de la imprenta se lleva especulando con la desaparición del libro. Desde sus inicios ha evolucionado poco, bastante poco, porque es un producto casi perfecto y no ha sido necesario que por él pasaran nuevas reformas ni innovaciones, ni para mejorarlo ni para cambiarlo, sólo algunos simples retoques sin más. Ni lo necesita ni lo requiere, es uno de los más grandes inventos de la historia y así va a quedar. Un objeto maravilloso, tentador y deseado.


 


Todas estas nuevas disputas y digresiones sobre su desaparición me parecen, al menos en varias generaciones, totalmente superfluas y que en poco excederán estas controversias actuales a las del siglo XVI entre antiguos y modernos. Nunca es tarde para acercarse a los libros como nunca es tarde para casi nada; además no existe placer más barato, más inocente y mejor remunerado que el goce que produce la lectura. Señalaba Montesquieu que la mejor medicina, la única que había encontrado para paliar los disgustos que la propia vida le daba sólo era una buena lectura. Celebremos este


nuevo 23 de abril cuidando nuestra salud, leamos un libro.

 

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